Película Tenet, puerto franco arte
Mercado del arte

Puertos francos, el tesoro mejor guardado

Imagínese ser un apasionado de la vela. Amortiza su carnet de patrón cada año, cuando diseña itinerarios para conocer islas jónicas remotas, recorrer la costa croata o inspeccionar la perla negra del Mediterráneo, Pantelaria. Bernard Moitessier es la respuesta que daría a la pregunta de ¿si pudieses invitar a cualquier persona del mundo a cenar, a quién invitarías?. Ha participado en la regata La Ruta de la Sal. Las comidas con amigos se convierten en una disertación sobre nomenclatura náutica. Le guste o no a su audiencia. 

Su pasión por la vela culmina con un viaje a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, para adquirir el aclamado X5 Plus, fabricado por la reputada empresa Xquisite Yacths (contenido no esponsorizado). Tras la adquisición, deja anclado su velero en un puerto. Para siempre. O peor aún, en un almacén. No lo prueba, no lo degusta, no lo bautiza. Un contrasentido, ¿cierto?.

Situaciones así se dan frecuentemente en el mundillo del arte. El Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, polémica pieza por ser la pintura más cara de la historia (450 millones de dólares), yace en las profundidades de un almacén. La colección de arte del oligarca ruso Dimitri M. Ribolovlev, valorada en 2 mil millones de Euros, permanece en un puerto franco. Millones de pinturas, entre las que se pueden encontrar piezas de Klimt, Rothko, Van Gogh, Canaletto, Picasso y da Vinci se acumulan en bodegas. 

Los puertos libres de impuestos han visto una oportunidad para hacer negocio en cualquier industria relacionada con el lujo, la escasez y la exclusividad. Y para ello, han acondicionado sus instalaciones para acoger millones de botellas de los vinos más exquisitos. Los Vega Sicilia envejecen en estas peculiares bodegas de almacenaje junto a las mejores añadas del DRC. En las salas adyacentes conviven mundos heterogéneos. El de las joyas victorianas, con el de los objetos de guerra. El de los vehículos vintage, con el de las antigüedades robadas. El de las miniaturas estrafalarias con fascinantes sarcófagos egipcios. Según el Control Federal de Finanzas, prácticamente la totalidad de los diamantes que transitan por Suiza, hacen parada en el puerto franco del aeropuerto de Ginebra. 

A consecuencia de los puertos francos, se está produciendo una inflación en el mercado del arte. Las obras cambian de dueño con mayor facilidad, debido a los beneficios fiscales a las que están sometidas las transacciones y el secretismo en las que están envueltas. ¿Pero es esta una invención del siglo XXI para la evasión de impuestos y blanqueo de capitales?

El puerto franco de Singapur presenta una estética claramente moderna

La revolución fiscal iniciada por el Imperio Romano 

La creencia más extendida es la que afirma que los puertos francos germinaron en el culmen de la revolución industrial como insulsos almacenes para conservar productos industriales y materias primas, como grano y té. 

No obstante, podemos encontrar en la Grecia del siglo II a.C., las primeras reminiscencias de negocios basados en las transacciones comerciales libres de impuestos. La isla griega de Delos, estratégicamente situada entre las rutas de Occidente y Oriente, fue parada obligatoria de mercaderes egipcios, sirios, fenicios y, sobre todo, romanos. Las escalas de los romanos se convirtieron en asentamientos, y los asentamientos, en conquista. En el año 166 a.C., Delos pasó a dominio romano de manera definitiva. El geógrafo, filósofo e historiador Strabo, dejó constancia escrita de la empresa llevada a cabo por los romanos en la isla: la convirtieron en un puerto de tránsito exento del pago de impuestos. La mercancía no sería gravada con tasas hasta alcanzar su destino final, y al considerarse Delos una parada de tránsito, los comerciantes no tendrían que pagar tributo alguno. 

Con esta medida pretendían controlar el comercio entre Oriente y Occidente, que en esa época monopolizaba Rodas. Roma cosechó grandes éxitos con la eliminación de los impuestos (gobiernos, tomen nota). A pesar de que los rodios contaban con excelentes puertos naturales, el tráfico que registró su puerto en los años sucesivos a la eliminación de impuestos en Delos, se redujo en un 80%.

En Delos no sólo se comerciaba con bienes como aceite, vino, grano o madera. Desafortunadamente, el puerto franco se convirtió en el centro del comercio con esclavos del Mediterráneo. 

Si bien el contenido almacenado ha cambiado sobremanera, los puertos francos actuales mantienen la estética poligonera de los concebidos en el siglo XIX. Plomizos y cuadriformes, se alzan sobre un horizonte dominado por alambrados de púas y vías de tren. El toque de color viene dado por los contenedores industriales polícromos dispuestos en torno a las bodegas. 

Delos, el origen de los puertos francos

Puertos francos, despensas de diamantes, coches vintage y Picasso´s 

Los puertos francos han sido objeto de debate desde su concepción como despensas de artículos de lujo. Expertos del mundo del arte han comenzado a plantearse preguntas como: ¿es moral guardar millones de obras de arte en cajas?, ¿debería todo el arte ser de dominio público?, ¿sería conveniente intensificar el registro del inventario almacenado en las bodegas?, ¿son los puertos francos una vía limpia para el blanqueo de dinero?.

Encontramos respuestas dispares a estas cuestiones. Jean-Luc Martínez, director del Museo del Louvre, afirma que “las obras de arte se crearon para ser vistas” y describió los puertos francos como los museos más maravillosos cerrados al público. Tengamos en cuenta que el puerto franco que alberga mayor número de piezas, Natural Le Coultre, en Suiza, alberga alrededor de 1,2 millones de obras de arte. El Museo Louvre, el más grande del mundo, cuenta con tan solo 500.000.

Coincide con el Eli Broad, coleccionista de arte reputado, que exhibe su patrimonio artístico en un museo que ha fundado con su mismo nombre. Alega que “tratar el arte como una mercancía y esconderlo en una bodega es algo que, para mí, realmente no es moral”.

Evan Beard, asesor de U.S. Trust, comenta que algunos coleccionistas están tratando el arte como un activo de capital más en su cartera.

Instituciones internacionales ponen en tela de juicio la transparencia de los puertos francos. En 1994 se descubrió que uno de ellos tenía en su inventario antigüedades saqueadas del Museo Getty de Los Ángeles. En 2003, las autoridades suizas encontraron escondidas en otro puerto franco 200 obras egipcias, entre las que destacaban dos momias. Las piezas fueron devueltas a Egipto. 

Instalaciones de un puerto franco en Nueva York ©Artsy

Un negocio que opera en la sombra

El Grupo de Acción Financiera contra el Lavado de Dinero (GAFI), denunció que los puertos libres de impuestos son empleados como medio para blanquear dinero. Considera que los sistemas de inspección a los que se ven sometidas las obras que entran en los almacenes son insuficientes y superficiales. 

El arte ha sido tradicionalmente una industria que ha seducido a criminales financieros de toda índole. Los aspectos que la hacen tan atractiva son el elevado valor de las piezas, la falta de registros sobre las transacciones, el desconocimiento de las aduanas del valor real de las obras y por supuesto, el secretismo con el que operan los puertos francos. 

David Arendt, director del Luxemburg Freeport, se defiende. “Todos los bienes que entran y salen son declarados en los servicios aduaneros, y son controlados por la Interpol y otras policías internacionales”. David Hiler, presidente del Geneva Freeport, ha implantado nuevos sistemas para identificar a sus clientes e intensificar los registros de la mercancía almacenada. Si bien sus disposiciones han resultado en un incremento de la credibilidad del negocio, también han provocado una reducción de su clientela.

Los gobiernos también han implantado leyes para asegurar la licitud de las mercancías guardadas en los almacenes. Suiza ha prohibido los pagos en metálico, cuando la cantidad a abonar supere los 100.000 francos suizos. A partir de esta cifra, las compras deberán efectuarse con tarjeta de crédito, lo que mejorará el control de las transacciones ilegales. En Luxemburgo, el gobierno ha impuesto la obligatoriedad del registro de bienes. El cliente debe aportar información sobre la obra que quiera asegurar. Posteriormente, las autoridades portuarias contrastan la información recibida con la mercancía, y posteriormente, registran la entrada de la pieza en la bodega. 

La confianza que los coleccionistas, museos, galerías e inversores depositan en las empresas de almacenaje, se ve recompensada con medidas de seguridad propias de una película de James Bond. Malca-Amit, puerto franco ubicado en el Aeropuerto Changi de Singapur, cuenta con una vigilancia inquebrantable. Policía armada, red de sensores láser invisibles, identificación biométrica, detección de movimiento por infrarrojos y puertas acorazadas. El servicio de limusina asegura que el cliente se desplace de manera segura entre una terminal del aeropuerto a la bodega, sin necesidad de pasaporte o visado. El de Singapur está considerado como uno de los puertos francos más opacos que operan en el mercado. Los clientes únicamente deben declarar la categoría del bien que almacenan, sin necesidad de revelar su valor, naturaleza o autor.

La casa de subastas Christie´s alquila la tercera planta del edificio, que utiliza para realizar ventas directas. Deutsche Bank atesora en una de sus cámaras acorazadas 200 toneladas de oro y bolsas de diamantes pulidos. 

Los servicios ofrecidos por los puertos francos van más allá de la seguridad. Sus prestaciones abarcan la logística, la conservación, la contratación de tasadores, restauradores de obras de arte y ebanistas. También intermedian con museos para el préstamo de obras pertenecientes a sus clientes. Se considera un valor añadido, pues presumiblemente una pintura o escultura aumentará su valor monetario tras una breve estancia en un museo de renombre. 

Puerto franco de Luxemburgo

Puertos francos, el duty-free del arte

Debido a que las mercancías guardadas en los puertos francos se encuentran técnicamente en tránsito, los coleccionistas e inversores eluden el pago de impuestos y de tasas asociadas a los derechos de aduana. Se trata de un limbo legal, pues este “tránsito” se puede prolongar durante varias décadas. Si la venta de una joya resguardada en un puerto franco se realiza en las instalaciones, la transacción quedará exenta de gravamen. 

Por este motivo, los edificios cuentan con salas de observación, donde los coleccionistas pueden mostrar las obras a clientes potenciales y cerrar su venta.

Un coleccionista que adquiera en un puerto franco una obra valorada en 5 millones de Euros, desembolsará exactamente esta cantidad. No obstante, si la negociación se realiza en España, esta misma pieza estará sujeta a un gravamen de 1.050.000 Euros. Resulta lógico pues que los compradores se desplacen a Suiza, Luxemburgo o Singapur para comprar arte de gran valor. 

Quienes no apoyan esta lógica son los artistas, los grandes olvidados del debate. Todos coinciden en que las piezas que conciben deben ser expuestas en el lugar que les corresponde. Ya sea la pared de una casa, de un restaurante, una galería de arte o un museo. Pero nunca un almacén en el que se apilan sin orden ni concierto obras de arte.

Hay tantas posturas como colectivos que operan en el mundo del arte, por lo que el debate sigue y seguirá más vivo que nunca.

Obras de arte almacenadas en un puerto franco

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